Gustavo Fernández
Argentina
Durante el pasado mes de noviembre (11–2008) tuve oportunidad de visitar nuevamente la bella tierra de toltecas y mayas. Como siempre, en plan de dictado de cursos y talleres. Como siempre, investigando nuevos misterios. Como siempre, también, aprendiendo de quienes saben más que yo. Y volví ahíto de satisfacciones en todos estos ámbitos.
Apareció casi de golpe, al doblar una curva en la senda peatonal del centro arqueológico de Xochitecatl. Me detuve, pasmado, y un hormigueo que hace tiempo no corría por mi columna vertebral volvió a decir “presente”. Merecería ser un oopart (1). Porque ese “trilito”, ese tipo de monumento con forma de dintel y formado por una piedra horizontal montada sobre dos verticales, podemos encontrarlo en Europa, en Asia, pero… ¿en América? Quizás –mucho más enigmática, por cierto– rememore la Puerta del Sol, en Tiwanaku, Bolivia. Pero (otra vez), ¿en México?
Allí estaba. En lo alto de una pirámide. No pude evitar girar con infantil entusiasmo y gritarle a mi amiga Rosalinda Cantú Luna, que me había acompañado al lugar, un “¡Allí está!” eufórico. Allí estaba. Había visto una foto que no le hacía ningún homenaje en Internet, mientras preparaba mi recorrido de esos días. Tlaxcala, Cacaxtla, Xochitecatl... mientras luchaba con mi lengua trabándose en tantas “x”, no había asimilado la información de esta extraña conjunción. Dolmen + pirámide. Único. Fascinante. Inexplicable.